Inteligencia turística, una herramienta para garantizar el futuro

Hace unos cuantos años que el concepto de inteligencia turística se alojó en la agenda del sector cobrando, cada día, mayor protagonismo. De la entelequia inicial que suponía poner en liza aspectos que nadie dudaba de su importancia, pero que estaban escasamente concretados y traídos a la realidad de la industria y a la de los agentes que influyen en ella, hemos pasado a un nivel de relación con el que pocas personas pueden dudar de que la inteligencia turística no es una herramienta más en manos de toda la cadena de valor sino el factor decisivo. De hecho, ya está sirviendo para mejorar la competitividad de los destinos y, sobre todo, para darle algo más de sentido a aquello que llevamos repitiendo décadas pero para lo que no teníamos una hoja de ruta clara y definida: el imprescindible cambio de modelo turístico que garantice su solvencia en las próximas décadas y su adaptación a las nuevas demandas y los arquetipos sociales en torno al turismo y, sobre todo, al turista.

El modelo se debe basar en la importancia de los destinos y de los municipios que los sustentan, escenarios de todas las batallas, de las alegrías y de los sinsabores que el turismo deja en nuestra sociedad. Los destinos, poco a poco, vamos conociendo de qué manera la inteligencia turística nos dota de elementos y herramientas que no son objetivos en sí mismos sino procesos que han venido para quedarse y para hacer más eficaz al sector y a todo lo que lo rodea. Se trata de aspectos que ayudan a la mejora de la eficiencia de la comercialización, de la calidad de los servicios a los residentes y a los visitantes, en el desarrollo de estrategias que dinamicen los territorios en su conjunto, y no de forma aislada, y la mejora de la interacción entre el destino y el turista, clave para que este tenga una experiencia de máxima calidad que lo invite a repetir y fidelizar.

Si, como acabamos de explicar, esa transformación inteligente tiene un claro resultado directo en los procesos básicos que rigen el turismo -comercialización, desarrollo e interacción-, no menos importante es su aportación a otro elemento en el que los destinos y los municipios tenemos una obligación y un compromiso ineludible y urgente: el ya mencionado cambio de modelo turístico a través de su adaptación a un sistema de producción sostenible y la aportación de valor añadido a las economías y las sociedades locales a través de la generación de nuevos nichos de empleo y un reparto de la riqueza más eficaz y de mayor calidad.

Parece evidente, por tanto, que la inteligencia turística adaptada a todos los sectores que influyen en el proceso es el camino que las nuevas tecnologías ponen a nuestro servicio para que el turismo logre acercarse cada vez más a la tan ansiada triple sostenibilidad, que debe garantizar el futuro de nuestra economía y de nuestro sistema: la sostenibilidad social, la económica y la ambiental.

Para ello, en los municipios ya trabajamos con elementos que están demostrando la eficacia de la inteligencia turística, una eficacia que, poco a poco, se torna imprescindible en la gestión de cuestiones tan importantes como el alumbrado, los residuos, las infraestructuras, la energía, el agua o el transporte. Son la punta de lanza de los protocolos que ya rigen la implementación y el desarrollo de los procesos de los Destinos Turísticos Inteligentes que queremos ser, no lo olvidemos, dentro de los municipios que también somos. Ciudades, pueblos y comarcas que soportamos el mayor desarrollo y la presión de toda la industria turística y que debemos dar soluciones de convivencia y acoplamiento a una sociedad que demanda estos nuevos modelos de gestión y que quiere formar parte de ellos.

José Miguel Rodríguez Fraga, alcalde de Adeje y miembro de la AMT
Alcalde de Adeje y Miembro de la AMT

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