Por Ignacio Yusim. Doctor en Arquitectura. Profesor del Grado en Turismo y Ocio de la Universidad Europea de Valencia.
En mis clases en la Universidad Europea de Valencia, a menudo planteo a mis alumnos una reflexión muy visual: imaginemos nuestros barrios históricos vacíos de sus vecinos de toda la vida. La respuesta es siempre unánime: la imagen pierde todo su sentido y se convierte en un simple decorado. Caminar hoy por las calles de nuestros centros urbanos se ha convertido en un ejercicio de contrastes. Por un lado, nuestro patrimonio sigue enamorando a millones de personas, pero por otro, asoma una realidad cada vez más preocupante: la masificación, la turistificación y la progresiva expulsión de unos vecinos que se sienten excluidos y que no pueden hacer frente a unos precios que escapan a su realidad cotidiana. Hablamos de perder nuestra identidad y esa autenticidad que parece evaporarse entre franquicias y multitudes.
Sin embargo, en lugar de quedarnos atrapados en la queja, quienes trabajamos en este sector sabemos que es el momento de aportar soluciones con una mirada optimista. Para darle la vuelta a esta tendencia que salta de ciudad en ciudad, tenemos que volver a la esencia de lo que significa viajar y acoger. La gentrificación no es una maldición inevitable del éxito turístico, sino el resultado de una mala planificación que pone el negocio por encima de las personas. Desde nuestra profesión debemos ser propositivos y cambiar las ideas preconcebidas respecto al patrimonio: no es un producto de consumo rápido, sino nuestra herencia colectiva, y debemos darle un uso sostenible para que no se degrade. Si lo vemos así, el patrimonio deja de ser el «culpable» de echar a los vecinos para convertirse en nuestro mayor aliado. Si las normativas urbanas protegen la vivienda y el comercio de barrio, la cultura fluye de forma natural, algo que encaja a la perfección con ofrecer experiencias turísticas que sean de verdad auténticas y sostenibles. El turismo no es el enemigo, ni el patrimonio tiene la culpa de la gentrificación; al revés, es la herramienta más potente que tenemos para evitarla.
La magia de un destino no está solo en sus edificios, sino en los ciudadanos que le dan vida. Si planeamos el turismo dando la espalda, nuestros barrios acabarán siendo parques temáticos. El rechazo vecinal nace, precisamente, de esa falta de planificación conjunta. Pero la solución no pasa por cerrar fronteras o demonizar al visitante, sino por rediseñar el modelo para que todos convivamos. Un patrimonio bien gestionado da vida a los barrios, protege los oficios tradicionales y reparte los beneficios.
Por suerte, hay ciudades en el mundo que nos demuestran que esta convivencia es más que posible si hay estrategia. Copenhague, por ejemplo, ya no mide su éxito contando cuántos turistas llegan, sino valorando cómo ese turismo mejora la vida de los daneses a través de su programa Tourism for Good. En Kioto, para evitar los agobios en sus templos famosos, han logrado repartir a los visitantes por otros barrios, respetando el ritmo local y haciendo que los turistas lleguen a más zonas. Burdeos también ha sabido llevar su oferta cultural más allá del centro para darle un respiro a su casco histórico
Es fácil ver realidades gemelas en ciudades que, aunque separadas por un océano, comparten los mismos retos. En Buenos Aires, San Telmo pelea por mantener su alma bohemia y sus mercados frente a la presión inmobiliaria, mientras que La Boca corre el riesgo de ser un mero escaparate comercial. Si miramos a Valencia, el barrio del Cabanyal es un reflejo perfecto. Con su preciosa arquitectura marinera, hoy se enfrenta al mismo dilema del alquiler turístico y la gentrificación. Los proyectos que cuidan la memoria del barrio, protegen su arquitectura y dan voz a las asociaciones vecinales nos demuestran que se puede convivir con el turismo y sacarle mucho partido si se planifica bien.
Actualmente no es suficiente con que el turista venga a «consumir» espacios; debemos fomentar las relaciones humanas reales. Esto significa que los vecinos, los comerciantes y los gestores culturales deben tener voz en las decisiones. Y aquí es donde entran en juego actores que son parte imprescindible de la solución: las agencias de viajes, los operadores y todos los stakeholders del sector. Lejos de ser simples intermediarios, son el puente perfecto para educar al viajero, proponer rutas menos saturadas y poner en valor a los pequeños comercios. Si la industria turística y la comunidad local planifican juntas, el turista se convierte en un invitado respetuoso y bienvenido.
En conclusión, toca cambiar la manera en la que medimos el éxito. Debemos fijarnos menos en la cantidad y más en el bienestar social, usando las nuevas tecnologías para saber cuándo nuestras calles están al límite. Proteger nuestros centros históricos pide innovación y mucha empatía. Desde la universidad trabajamos para que los profesionales del mañana salgan con esta sensibilidad, convencidos de que la convivencia es posible. Tenemos la oportunidad de usar nuestro patrimonio para no perder nuestra esencia, logrando que quien nos visita no pasee por un decorado vacío, sino que comparta y disfrute de una cultura viva.

