El showroom Navarra On Tour lleva a Madrid la personalidad de una tierra donde el vino cuenta historias de reinos, peregrinos, valles fronterizos y antiguas rutas europeas.
Chiky Trillo

Hay territorios que se descubren caminando, otros se comprenden a través de su cocina y algunos, como Navarra, encuentran en el vino una forma privilegiada de contar su historia. El 19 de octubre, el encuentro profesional Navarra On Tour, en el Hotel Catalonia Atocha de Madrid, invita a recorrer esa geografía líquida en la que cada botella encierra un paisaje, una memoria y una manera de entender la hospitalidad.


Entre los Pirineos y las tierras abiertas del Ebro, Navarra despliega una sorprendente diversidad de climas y relieves. Tierra Estella, Valdizarbe, Baja Montaña, Ribera Alta y Ribera Baja dibujan cinco escenarios vitivinícolas con personalidad propia: desde los viñedos de influencia atlántica hasta los horizontes más secos y luminosos del sur. Cinco territorios que explican por qué los vinos navarros no responden a un único perfil, sino a una suma de matices, altitudes y tradiciones.

Y si hay una uva que merece protagonismo en este viaje es la Garnacha, variedad profundamente arraigada en la memoria vitícola navarra. Generosa, expresiva y capaz de interpretar el carácter de cada suelo, ha dado vida a rosados emblemáticos y a tintos que hoy reivindican la frescura, la elegancia y la identidad de sus viñas. Su historia, extendida por el valle del Ebro y otras regiones mediterráneas, es también una historia de adaptación: una cepa que ha sabido sobrevivir a los cambios de gusto, a las crisis del campo y a las nuevas maneras de elaborar vino.
Pero Navarra es, además, una tierra de caminos. Durante la Edad Media, el Camino de Santiago convirtió sus valles y poblaciones en lugares de encuentro entre culturas. Peregrinos, comerciantes, religiosos y viajeros cruzaron los Pirineos llevando consigo costumbres, conocimientos agrícolas y prácticas vinícolas. La tradición atribuye a aquellos intercambios parte de la difusión de variedades y técnicas, aunque no existe base suficiente para afirmar que los cruzados introdujeran específicamente la Garnacha o la uva Chardonnay —quizá la variedad a la que alude la leyenda de las «uvas champenoises»— en Navarra.
La conexión francesa, sin embargo, está fuera de toda duda. Navarra fue durante siglos un territorio de paso y relación entre ambas vertientes pirenaicas. Su historia política estuvo marcada por los vínculos dinásticos y culturales con Francia, hasta que la incorporación de la Alta Navarra a la Corona de Castilla, en 1515, transformó su encaje político sin borrar su vocación de frontera y encuentro. Siglos después, esa relación volvió a estrecharse a través del comercio del vino: cuando la filoxera devastó los viñedos franceses en el siglo XIX, los productores navarros encontraron al otro lado de los Pirineos un mercado decisivo.
Hoy, entre la tradición y la innovación, las bodegas navarras vuelven a mirar al mundo con una voz propia. Sus vinos blancos, rosados y tintos hablan tanto de la herencia recibida como de una nueva generación de elaboradores dispuesta a explorar el potencial de cada parcela.
Navarra On Tour es, en definitiva, una invitación a viajar sin abandonar Madrid: a descubrir que detrás de una copa hay montañas, monasterios, rutas de peregrinación, historias compartidas y una gastronomía que encuentra en el vino a uno de sus mejores embajadores. Porque conocer Navarra también es dejarse llevar por sus aromas, seguir el hilo de sus leyendas y brindar por una tierra que ha hecho de sus cruces de caminos una auténtica cultura del encuentro.
La última parada de este viaje será e Gijón.

