Cuando el sistema falla: aprender como ventaja competitiva del turismo, por Albert Budica

En turismo hablamos constantemente de experiencia de cliente, personalización, tecnología, sostenibilidad y digitalización. Sin embargo, hay una capacidad menos visible, y quizá más decisiva, que aparece cuando algo se rompe: aprender, adaptarse y seguir funcionando cuando el sistema deja de responder.

La última jornada de un viaje por carretera entre Málaga y Valencia me dejó una lección más útil que muchas conversaciones sobre innovación. La red eléctrica había caído, Internet no funcionaba y varias estaciones de servicio estaban cerradas o bloqueadas. No faltaba necesariamente combustible, sino capacidad de seguir prestando servicio.

En una de esas estaciones, alguien no esperó a que “volviera el sistema”. Un empleado buscó un manual, aisló una bomba del sistema central, ajustó el precio y siguió vendiendo. Mientras otros puntos quedaban paralizados por su dependencia tecnológica, allí alguien supo actuar.

No fue solo una anécdota. Fue una demostración de algo que el turismo todavía subestima: cuando la infraestructura falla, decide el aprendizaje aplicado. El gran apagón del 28 de abril de 2025, que afectó a España y Portugal y alteró transporte, comunicaciones y servicios básicos, recordó algo incómodo: incluso economías avanzadas dependen de sistemas vulnerables. Y cuando fallan, no basta con tener tecnología. Hace falta saber qué hacer.

El sector que gestiona la complejidad, pero aún trata el aprendizaje como algo secundario

El turismo español ha profesionalizado numerosas áreas: revenue management, distribución, comercialización digital, segmentación, experiencia de cliente, sostenibilidad, inteligencia de mercados y gestión de datos. España sigue siendo una gran potencia turística y el sector mantiene un peso extraordinario en la economía nacional.

Con 2025 ya cerrado, Exceltur estimó que la actividad turística alcanzó los 218,5 mil millones de euros, con un crecimiento real del 2,5% y una aportación equivalente al 13,0% de la economía española. Antes del cierre del ejercicio, el WTTC (World Travel & Tourism Council) había proyectado para ese año una contribución superior a 260 mil millones de euros y alrededor de 3,2 millones de empleos turísticos. De cara a 2026, Exceltur prevé una nueva expansión del PIB (Producto Interior Bruto) turístico real del 2,6%.

Y, sin embargo, persiste una paradoja incómoda: el sector actualiza continuamente sus canales, precios, campañas y sistemas, pero todavía actualiza las capacidades de sus equipos de forma demasiado puntual.

Si una empresa turística revisa cada día sus tarifas, inventario, reseñas y campañas digitales, ¿por qué sigue tratando el aprendizaje como una actividad ocasional y no como una infraestructura de negocio?

Ese desfase importa. El turismo no opera en un entorno estable, sino en un contexto sensible a apagones, tensiones geopolíticas, interrupciones logísticas, cambios de demanda, presión sobre márgenes, automatización acelerada y expectativas crecientes. En ese escenario, aprender no es una cuestión cultural abstracta, sino una forma concreta de reducir la fragilidad.

Del talento escaso a la organización que aprende

Durante años, el debate sobre el talento en turismo se ha formulado en términos de atracción y escasez: falta de personal, dificultad para cubrir puestos, rotación, condiciones laborales y desajuste entre oferta y demanda. Todo eso importa. Pero el problema ya no es solo encontrar personas, sino conseguir que las organizaciones desarrollen capacidades al ritmo del mercado.

La transformación digital del turismo exige invertir en capital humano y preparar a los equipos para nuevas formas de trabajo. La IA (Inteligencia Artificial), la automatización, la analítica predictiva y la personalización de servicios no sustituyen el criterio humano. Al contrario, lo hacen más necesario.

La tecnología ya está cambiando el trabajo turístico. La cuestión es si las personas estarán preparadas para interpretarla, supervisarla, cuestionarla y reaccionar cuando no baste por sí sola.

Un pequeño hotel, un restaurante de costa, una empresa de excursiones o una agencia receptiva pueden tener un software de reservas, un TPV (Terminal Punto de Venta) moderno, redes sociales y campañas en buscadores. Pero, ante una incidencia, la diferencia la marca quien sabe reorganizar turnos, explicar con calma lo que ocurre, activar procedimientos alternativos y decidir sin esperar instrucciones imposibles.

Ahí aparece la madurez de una organización: no solo en la tecnología que compra, sino en la capacidad de su gente para usarla, adaptarla o sustituirla temporalmente cuando el contexto lo exige.

Carreras menos lineales, aprendizaje más frecuente

La idea de que una persona estudia, trabaja y aplica durante décadas casi el mismo marco de competencias encaja cada vez menos con la realidad europea. Las carreras son menos lineales, los perfiles se hibridan y muchas personas deberán actualizar sus competencias varias veces.

Eurostat mostraba que la participación de adultos de 25 a 64 años en educación y formación alcanzó el 46,6% en la UE (Unión Europea) en 2022. Es una cifra relevante, pero todavía insuficiente para una economía que exige actualización permanente.

En turismo, esta realidad se intensifica. Es un sector donde procesos, herramientas y canales cambian, y la calidad del servicio depende a menudo de decisiones en tiempo real.

¿Cómo se responde bien a una incidencia operativa, a una caída de sistema, a una nueva herramienta de IA (Inteligencia Artificial) o a un cliente más informado si el aprendizaje sigue concebido como un curso aislado y no como parte del trabajo diario?

El ejemplo de la estación de servicio deja una enseñanza concreta: incluso cuando falla la conexión, algunos negocios pueden seguir cobrando si cuentan con terminales preparados, acuerdos adecuados con su proveedor de pagos y procedimientos claros para trabajar en modo offline o con autorización alternativa. Lo utilizan aerolíneas y otros operadores habituados a conectividad irregular.

La lección no es solo tecnológica. Es organizativa. Saber que esa opción existe, entender sus límites y formar a los equipos para activarla correctamente puede marcar la diferencia entre detener la actividad o seguir atendiendo al cliente en un momento crítico.

Aprender como capacidad operativa

Durante décadas, muchas empresas han tratado la formación como algo separado de la acción: una sesión, un curso, una certificación, una obligación interna. Pero aprender no debería interrumpir el trabajo, sino mejorarlo.

Las personas comprenden mejor cuando experimentan, practican, reciben retroalimentación y conectan lo aprendido con situaciones reales. También aprenden más donde es posible preguntar, reconocer errores, compartir soluciones y proponer mejoras sin miedo.

En turismo, esto tiene implicaciones directas. Un recepcionista, una directora de hotel, un responsable de operaciones, una gestora de destino, un guía turístico o una pequeña empresaria de restauración no necesitan solo conocer procedimientos. Necesitan interpretar escenarios, priorizar bajo presión, resolver excepciones y mantener la calidad cuando el guion no se cumple.

Por eso las organizaciones que avanzan mejor no son necesariamente las que lanzan más cursos, sino las que integran el aprendizaje en el flujo real de trabajo: revisión constante, simulación, mejora de procesos, intercambio entre equipos, autonomía guiada, cultura de lectura y uso criterioso de la tecnología.

Algunas compañías de movilidad y servicios ya lo han entendido: invertir en el desarrollo intelectual de las personas no es un gesto idealista, sino una forma de fortalecer adaptación, productividad y resiliencia.

La próxima ventaja competitiva

El turismo español entra en una fase más madura: menos margen para competir solo por volumen y más presión para hacerlo por calidad de gestión, productividad, servicio y capacidad de respuesta.

En ese escenario, la formación continua deja de ser un asunto secundario de recursos humanos. Se convierte en infraestructura estratégica.

No se trata solo de que los equipos sepan más. Se trata de que actúen mejor, más rápido y con más autonomía cuando algo cambia; de que la empresa reduzca su fragilidad ante la complejidad; de que el conocimiento no esté archivado, sino activado.

Una organización puede tener tecnología avanzada y seguir siendo vulnerable si nadie sabe qué hacer cuando no responde. Y una empresa con recursos limitados puede adaptarse si ha construido hábitos de aprendizaje, criterio profesional y autonomía.

Conviene volver a la escena inicial: una carretera larga, estaciones cerradas, sistemas caídos y una persona que decide buscar un manual en lugar de esperar pasivamente. En ese gesto sencillo había una lección estratégica para todo el sector.

Cuando el sistema falla, no gana necesariamente quien tiene más tecnología, sino quien ha aprendido mejor a trabajar con ella, sin ella o más allá de ella. En una industria construida sobre experiencias, quizá la más estratégica sea aprender a tiempo.

Al final, la actitud puede ser una ventaja competitiva decisiva. En mis años de viaje, he comprobado que los españoles están entre los anfitriones más generosos que he conocido. La tecnología no es más que una herramienta; amplifica la calidad humana de quienes la utilizan.

Aquel día, cuando pagar con tarjeta era imposible y yo no llevaba efectivo suficiente, una pareja de motoristas me prestó 20 euros sin dudarlo. Horas después, restablecidas la electricidad y la conexión a Internet, la tecnología me permitió devolverles el dinero. Pero lo importante es que la confianza y la solidaridad humanas nunca se desconectaron.

Albert Budica, PhD, MSc, es profesor y especialista en Marketing Digital. Cuenta con más de 20 años de experiencia como fundador de una agencia de marketing digital y combina su actividad profesional con la docencia en la Universidad Europea de Valencia, donde imparte Marketing, Gestión de Calidad y Atención al Cliente, y Economía aplicada al Turismo en grado y MBA.

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