No es solo un evento: Por qué los seres humanos seguimos reuniéndonos.

Seguro que has asistido a un evento en los últimos meses: un concierto, un musical, un congreso. Son espacios diseñados para olvidar, por un momento, quién es quién fuera de allí, y donde compartimos símbolos, ideas y emociones con otras personas. Pero ¿te has preguntado alguna vez por qué la humanidad los celebra?

Hoy en día estamos acostumbrados a vivir en comunidades: familia, amigos, vecinos, compañeros de trabajo, hinchas de fútbol… Y aunque pueda parecer que siempre ha sido así, hubo un tiempo en el que el homo sapiens no vivía en comunidades amplias y estables como las que conocemos hoy. Durante mucho tiempo, desde la economía, se explicó la cooperación humana a través de la figura del homo economicus: un individuo movido principalmente por el interés propio. Más tarde, la psicología y otras disciplinas desmontaron este enfoque al mostrar que, en muchas ocasiones, las personas hacemos cosas por desconocidos sin esperar nada a cambio. De ahí surgen sentimientos tan humanos como la amistad o el amor.

Entonces, ¿cómo pasamos de no vivir en comunidades estables a hacerlo con otras personas? La respuesta es sencilla: supervivencia. La colaboración nos permitió resistir mejor en entornos hostiles. Una de las teorías más aceptadas sitúa el origen de esta cooperación en el cuidado de la descendencia. La colaboración entre un hombre y una mujer para proteger y alimentar a su descendencia aumentaba las probabilidades de supervivencia. Con el tiempo, estos comportamientos se repitieron y se consolidaron, ya que nuestro ADN tiende a perpetuar aquellos que favorecen la supervivencia. Este proceso hizo posible algo fundamental: la capacidad de reconocer a quienes cooperan y de alejarnos de quienes no lo hacen. Así surgieron sentimientos como el amor, la amistad o la culpa, que ayudan a reforzar los vínculos entre las personas. De este modo, el altruismo dejó de limitarse al núcleo familiar y empezó a extenderse a otros miembros del grupo.

Poco a poco, este comportamiento pasó de unos pocos individuos a grupos más numerosos. Y cuando el grupo crece, aparece una necesidad fundamental: establecer reglas. Aquí surge el protocolo: la creación de normas que permiten una convivencia más o menos armoniosa entre los distintos miembros del grupo. ¿Quién duerme en el lugar más seguro? ¿Quién tiene los méritos suficientes para liderar? ¿Quién accede primero a los mejores recursos? Esto implica dos cuestiones importantes. La primera, que para pertenecer al grupo es necesario aceptar sus reglas. Y la segunda, que cada grupo desarrolla las suyas propias en función de su contexto, su historia y sus necesidades. Esto explica el origen del protocolo internacional o diplomático: entender cómo funcionan otros grupos y cuáles son sus reglas para poder relacionarnos con ellos… o no.

La creación y evolución de estos grupos permitió la cooperación en comunidades de un tamaño limitado. Diversos estudios en sociología y psicología sugieren que los seres humanos tenemos dificultades para mantener relaciones estables con grupos de más de unas 150 personas (el famoso número de Dunbar). Nuestro cerebro, simplemente, no está preparado para ello. Entonces, ¿qué se necesita para que un número mayor de personas pueda colaborar? La respuesta es clara: comunicación.

Este salto fue posible gracias a la llamada Revolución Cognitiva. Una serie de cambios en el ADN del ser humano modificaron las conexiones del cerebro y permitieron el desarrollo del lenguaje. ¿Para qué servía? Para algo tan simple —y tan eficaz— como hablar de otros miembros del grupo. Compartir información, advertir de peligros y, en definitiva, aumentar las posibilidades de supervivencia. Este cambio hizo mucho más sencilla la acción conjunta. No es lo mismo que cuatro personas salgan a cazar sin comunicarse, que hacerlo pudiendo coordinarse y darse indicaciones. La efectividad cambia por completo. Además, el lenguaje nos permitió algo fundamental: aprender en quién se puede confiar y en quién no.

Pero hasta ahora hemos hablamos de un lenguaje descriptivo, es decir, centrado en aquello que tenemos delante y que podemos tocar. Sin embargo, lo que marcó un el verdadero punto de inflexión fue la capacidad de hablar de cosas que no existen físicamente: el lenguaje simbólico. A partir de ahí surgen las religiones, los mitos, las leyendas, que articulados a través de los eventos y el protocolo, permiten que grupos de más de 150 personas colaboren y permanezcan unidas.

Por eso, la próxima vez que vayas a un evento, no pienses que es solo un evento. Es una herramienta de comunicación que las organizaciones utilizan para compartir ideas y valores. Un espacio de creación de comunidad. Un lugar donde muchos desconocidos dejan de serlo para centrarse en aquello que los une.

Redacción GACETA DEL TURISMO
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